Niño de la tierra – Joshua Loth Leibman


A veces pienso que la muerte no es enemiga de la vida sino su amiga. Saber que nuestros años tienen un límite es lo que los hace tan preciados. Conocer que el tiempo nos fue prestado es lo que hace que, en el mejor de los casos, lo veamos como un patrimonio que nos ha sido encargado temporalmente.

Somos como niños que tienen el privilegio de pasar un día en un gran parque con muchos jardines y juegos, azules lagos llenos de barcos que navegan sobre tranquilas olas. Es cierto que los días que nos fueron asignados a cada uno no tienen la misma duración ni la misma luz ni la misma belleza. Algunos tienen el privilegio de pasar largos días en los jardines de la Tierra. Para otros, el día es más corto, más nublado. También sabemos que existen tormentas y vendavales que nublan hasta el cielo más azul, y que hay rayos de sol que atraviesan el más oscuro cielo de invierno.

Entonces para cada uno llega el momento en que la muerte toma al hombre, al niño de la mano y despacito le dice: “es hora de ir a casa; está llegando la noche. Es hora de dormir, niño de la Tierra. Estás cansado. Ven, reposa y duerme, el día ha terminado. Las estrellas brillan en el firmamento…”.

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