Las pertenencias y el apego


Enviado por Ángela Ortiz Pérez

Me gustaría resaltar una de las principales cuestiones que nos encontramos después del fallecimiento de un hijo: La de sus pertenencias.

     Puedo decir, que tras haber asistido a múltiples reuniones de padres en duelo en las que alguna vez tratamos este tema, me he encontrado con todo tipo de versiones en muy diversas escalas: desde las de conservar la habitación del hijo intacta con todas sus cosas, hasta las de quemar muchos de sus objetos.

     Para mí todas las versiones son válidas puesto que comparto el dolor profundo de esos padres que han pasado o pasan por ello; pero considero que una vez transcurrido un tiempo prudente, que por supuesto no se puede medir porque estamos hablando de múltiples variables, no es bueno quedar enganchados a algo material que nos pueda llevar a sentir más dolor.

      No quiero decir con engancharse al hecho de conservar pertenencias del hijo, sino al hecho compulsivo de atribuirle a éstas ciertos poderes que sobrepasen los límites de la razón; como sería por ejemplo: el supuesto de una madre que dedique sus momentos libres única y exclusivamente a recopilar y ordenar videos de su hija muerta, con unas perspectivas sin límites en el tiempo.

      Entiendo que esa conducta, es en cierto modo una forma de materializar el cuerpo en las imágenes que quedaron impresas, y que para ella no son sólo vídeos, sino un intento de continuidad a la existencia de quien un día fue su hija, aunque en el fondo sea consciente de que es pura ficción. Pero se olvida de vivir, al proponerse como un gran objetivo recuperar de las cenizas las formas  que no quiere perder.

     Es muy fácil caer en ese estado de aprehensión, y de hecho, considero que estas conductas compulsivas entran totalmente dentro de la normalidad en los meses, e incluso primeros años posteriores a la muerte. Pero cuando los principales objetivos que se establecen para sobrevivir son los de aferrarse a alguna pertenencia material del hijo, tendríamos que entrar en debate, porque inevitablemente esas conductas dañan la lucidez mental del doliente, y de alguna manera redundará en sus otros hijos si los tiene, pareja, familia, amigos etc.

 

     Si entendemos como desapego a la actitud de “separarnos” (amar sin apegarnos) de lo que “consideramos” nos pertenece, deduciendo este concepto como la manera de “dejar en libertad” para poder liberarnos del dolor del aferramiento; nos encontramos con que el desapego no sólo se asocia a la pérdida física del hijo, sino también al ambiente en que éste se desenvolvió y a las personas o cosas que le rodearon.

Esa palabra queda muy bien escrita en los libros, pero para nosotros es un arduo trabajo que si lo consiguiésemos llevar a la práctica nos liberaría de muchos dolores porque consideraríamos lo esencial: “Que nuestros hijos no nos pertenecen”.

    Sin embargo, con la pérdida de un hijo solemos considerar que no sólo le perdemos a él, sino a todo aquello que se hallaba asociado a él; y es obvio, que busquemos mil artimañas para no caer en el vacío recurriendo a recomponer y rehabilitar cualquier vestigio de algo que consideremos asociado a su vida.

Esto, es en cierto modo, un mecanismo de defensa para paliar el dolor. Pero sucede, que cuando esos vestigios se hacen dominantes de nuestra existencia, sería conveniente plantearse hasta que punto nos puede perjudicar.

 

      Es indiscutible que un padre o madre tremendamente doloridos puedan acogerse a ese tipo de conducta repetitiva como única manera de sobrevivir a la situación; e incluso en este punto, habría que cuestionarse sobre el tipo de ayuda, pues existe la incógnita de saber si es peor el remedio que la enfermedad. En nuestro ejemplo, la madre que se aferra tanto a los vídeos de su hija puede hallar tal vacío cuando deje de realizar esta tarea que llegue incluso a la depresión.  

      Pero se trata de sanar, no de enfermar. Tal vez habría que buscarle soluciones menos dañinas, que vayan sustituyendo paulatinamente a la primera, hasta conseguir que esa mujer pueda ver los vídeos de su hija sin que éstos le quiten todos sus ratos libres. Tal vez  ofrecerle varias opciones consensuadas con ella  para iniciar su desapego le pueda evitar ciertas nostalgias.

 

      Nuestros hijos no nos pueden llevar a enfermar; las necesidades de enganches extremas hay que ir soltándolas poco a poco para dar cabida a la vida, a la cotidianidad y a las actividades que hacíamos antes del suceso.

Las cosas de nuestros hijos van a seguir siendo sus cosas independientemente de que otros la utilicen, pero no por el hecho material, sino porque siempre habrá un recuerdo que hará que las asociemos a ellos.

No hay que olvidar que para ellos todo aquello dejó de existir, que se fueron desnudos tal cual vinieron y sus cosas sólo fueron meros utensilios de acompañamiento.

Ellos deben continuar significando lo mismo para nosotros por encima de sus cosas, pues no por apegarnos a sus fotos, su cuarto, su ropa, o a ir al cementerio con demasiada frecuencia, vamos a conseguir atraerlos más.

 

     Sería bueno no olvidar nunca que los que aquí quedamos podemos gobernar sus pertenencias a nuestro antojo, pero algún día tarde o temprano experimentaremos lo mismo que ellos: la desnudez material.

El cuerpo se pierde, todo se pierde. Lo únicamente verdadero que podremos heredar de nosotros mismo serán todas nuestras acciones, todo lo que hayamos podido trazar desde nuestro interior. De hecho, hay algo que jamás podremos tocar de nuestros hijos, algo que permanecerá por siempre y para siempre y que sobrepasara todas las formas: “su esencia”.

      Ellos ya están en nuestro corazón, estarán siempre, y sus objetos e imágenes son sólo materia que podremos contemplar pero no nos deben atrapar. De esa manera, poco a poco nos iremos abriendo hueco a la apertura de que hay otras cosas para experimentar, como siempre las ha habido.

 

Enviado por Ángela Ortiz Pérez

Grupo Renacer Dos Hermanas

6 de Marzo del 2008

 

 

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4 comentarios en “Las pertenencias y el apego

    • yo perdi a mi hijo de 25 años aparentemente era sano y comenzo con dolores de riñon lo q resultó una metastasis pulmonar donde jamas dieron cin el tumor primario ,lo operaron y murió en terapia intensiva a los 10 dias desde ese dia no duermo completo tomo pastillas y me aferro a DIOS para no caer depre ya hacen 2 años pero no lo lloro sinó a veces y hago mi estilo d vida normal porque se comprende q era su tiempo y es el dolor indescriptible

  1. Gracias por ayudarnos tanto cuanta razon tiene ese texto pero que dificil es despegarse de as pretenencias, nosotrso a cuatro meses de la partida de TOTO todavia tenemossu cuna armada con sus juguetes y ninguno de los cuatro nos animamos a sacarla, pero seguramente llegaraese momento, per cuesta mucho desprendese de las cosas de nuestro querido TOTO. GRacias por la ayuda MARIANA. mama de TOTO

  2. Es muy dificil para nosotros como padres despegarse de las pertenencia de nuestro hijo es mas no quisiera hacerlo yo pero ya habia pensado que posiblemente le afectara a mis otros hijos y lo tenemos que hacer por ellos aunque esonos duela mucho .GRACIAS Me hizo reflexionar este texto lo mas importante es que lo llevamos siempre en nuestro corazon

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