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Oración para un bebé querido – Elizabeth Kubler Ross
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No te conocí nunca, pero te amé.
No te tuve en brazos, como hace una madre.
Contigo enterré esperanzas y sueños
por un hijo desconocido al que nunca vi.
Pero también enterré el amor de mi corazón
y la tristeza de saber que debemos separarnos.
Y ruego a Dios que haga por ti
TODO lo que yo hubiera hecho.
Que guarde a mi bebé a salvo
para que ría y juegue cuando llegue la primavera.
(del libro Los niños y la muerte – EKR)
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El niño en la tumba – Hans Christian Andersen
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Había luto en la casa, y luto en los corazones: el hijo menor, un niño de 4 años, el único varón, alegría y esperanza de sus padres, había muerto. Cierto que aún quedaban dos hijas; precisamente aquel mismo año la mayor iba a ser confirmada. Las dos eran buenas y dulces, pero el hijo que se va es siempre el más querido; y ahora, sobre ser el único varón, era el benjamín. ¡Dura prueba para la familia! Las hermanas sufrían como sufren por lo general los corazones jóvenes, impresionadas sobre todo por el dolor de los padres; el padre estaba anonadado, pero la más desconsolada era la madre. Día y noche había permanecido de pie, a la cabecera del enfermo, cuidándolo, atendiéndolo, mimándolo. Más que nunca sentía que aquel niño era parte de sí misma. No le cabía en la mente la idea de que estaba muerto, de que lo encerrarían en un ataúd y lo depositarían en una tumba. Dios no podía quitarle a su hijo, pensaba; y cuando ya hubo ocurrido la desgracia, cuando no cabía incertidumbre, exclamó la mujer en la desesperación de su dolor:
-¡Es imposible que Dios se haya enterado! ¡En la Tierra tiene servidores sin corazón, que obran a su capricho, sin atender a las oraciones de una madre!
Así perdió su confianza en Dios; en su mente se filtraron pensamientos tenebrosos, pensamientos de muerte, miedo a la muerte eterna, temor de que el hombre fuese sólo polvo y de que en polvo terminase todo. Con estas ideas no tenía nada a que asirse, y así iba hundiéndose en la nada sin fondo de la desesperación.
En la hora más difícil no podía ya llorar, ni pensaba en las dos hijas que le quedaban; las lágrimas de su esposo le caían sobre la frente, pero no levantaba los ojos a él. Sus pensamientos giraban constantemente en torno al hijo muerto; su vida ya no parecía tener más objeto que evocar las gracias de su pequeño, recordar sus inocentes palabras infantiles.
Llegó el momento del entierro. Ella llevaba varias noches sin dormir, y por la madrugada la venció el cansancio y quedó sumida en breve letargo. Entretanto llevaron el féretro a una habitación apartada, para que no oyera los martillazos.
Al despertarse quiso ver a su hijito, pero su marido le dijo llorando:
-Hemos cerrado el ataúd. ¡Había que hacerlo!
-Si Dios se muestra tan duro conmigo -exclamó ella amargamente-, ¿por qué han de ser más piadosos los hombres? –
Y prorrumpió en un llanto desesperado.
Llevaron el féretro a la sepultura, mientras la desconsolada madre permanecía junto a sus hijas, mirándolas sin verlas, siempre con el pensamiento lejos del hogar. Se abandonaba a su dolor, y éste la sacudía como el mar sacude la embarcación cuando ha perdido la vela y los remos. Así pasó el día del entierro, y siguieron otros, igualmente tristes y sombríos. Las niñas y el padre la miraban con ojos húmedos y expresión desolada, pero ella no oía sus palabras de consuelo. Por otra parte, ¿qué podían decirle cuando a todos les alcanzaba la misma desgracia?
Sólo el sueño hubiera podido consolarla, mitigar en algo su pena, restituir las fuerzas a su cuerpo y la paz a su alma. Pero se diría que ya no lo conocía; a lo sumo, consentía en echarse en la cama, donde quedaba inmóvil como si durmiese. Una noche, su esposo, escuchando su respiración, creyó que por fin había encontrado alivio y reposo, por lo que, juntando las manos, rezó una oración y se quedó profundamente dormido. Por eso no se dio cuenta de que ella se levantaba y, después de vestirse, salía sigilosamente de la casa para dirigirse al lugar donde de día y de noche tenía fijo el pensamiento: junto a la tumba de su hijo. Atravesó el jardín que rodeaba la casa, salió al campo y tomó un sendero que, dejando a un lado la ciudad, conducía al cementerio. Nadie la vio, ni ella vio a nadie.
Era una bella noche estrellada, con el aire aún cálido y suave, pues corría el mes de septiembre. La mujer entró en el cementerio y se encaminó hacia la pequeña sepultura, que parecía un enorme y fragante ramo de flores. Se sentó e inclinó la cabeza sobre la losa, como si a través de aquella delgada capa de tierra le fuese dado ver a su hijito, cuya cariñosa sonrisa guardaba grabada en la mente. No se le había borrado tampoco la hermosa expresión de sus ojos, incluso cuando el niño yacía en su lecho de muerte. ¡Qué expresiva había sido su mirada, cuando ella se agachaba sobre el pequeño y le cogía la manita, aquella manita que él no podía ya levantar! Como había permanecido sentada a la cabecera del lecho, así velaba ahora junto a su tumba; pero aquí las lágrimas fluían copiosas, cayendo sobre la sepultura.
-¡Quisieras ir con tu hijo! -dijo de pronto una voz a su lado, una voz que sonó clara y grave y le penetró en el corazón. La mujer alzó la mirada y vio junto a ella a un hombre envuelto en un amplio manto funerario, con la capucha bajada sobre la cara. Pero ella le vio el rostro por debajo; era severo, y, sin embargo, inspiraba confianza; los ojos brillaban como si su dueño estuviese aún en los años de juventud.
-¡Ir con mi hijo! -repitió ella, con acento de súplica desesperada.
-¿Te atreverías a seguirme? -preguntó la figura-. ¡Soy la Muerte!
La mujer inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y de repente le pareció que todas las estrellas brillaban sobre su cabeza con el resplandor de la luna llena; vio la magnificencia de colores de las flores depositadas en la tumba, la tierra se abrió lenta y suavemente cual un lienzo flotante y la madre se hundió, mientras la figura extendía a su alrededor el negro manto. Se hizo la noche, la noche de la muerte; ella se hundió a mayor profundidad de la que alcanza la pala; el cementerio quedaba allí arriba, como un tejado sobre su cabeza.
Se corrió de un lado la punta del manto, y la madre se encontró en una inmensa sala, enorme y acogedora. Aunque reinaba la penumbra, vio ante ella a su hijo, que en el mismo momento se arrojó a sus brazos. Le sonreía, irradiando una belleza superior aún a la que tenía en vida. Ella lanzó un grito que no pudo oírse, pues muy cerca de ella sonaba una música deliciosa, primero muy cerca, más lejana después, y que volvió a aproximarse. Nunca habían herido sus oídos sones tan celestiales; le llegaban del otro lado de la espesa cortina negra que separaba la sala del inmenso ámbito de la eternidad.
-¡Mi dulce, mi querida madre! -oyó que exclamaba el niño. Era su voz, tan conocida; y ella lo devoraba a besos, presa de una dicha infinita. El niño señaló la oscura cortina.
-¡No es tan bonito allá en la Tierra! ¿Ves, madre, ves a todos estos? ¡Mira qué felices somos!
Pero la madre nada veía, ni allá donde le indicaba su hijo; nada sino la negra noche. Veía con sus ojos terrenales, pero no como veía el niño a quien Dios había llamado a sí. Oía los sones, la música, mas no la palabra en la que hubiera podido creer.
-¡Ahora puedo volar, madre! -dijo el pequeño-, volar con todos los demás niños felices, directamente hacia Dios Nuestro Señor. ¡Me gustaría tanto hacerlo! Pero cuando tú lloras como lo haces en este momento, no puedo separarme de ti. ¡Y me gustaría tanto! ¿No me dejas? Pronto vendrás a reunirte conmigo, madre mía.
-¡Oh, quédate, quédate aún un instante, sólo un instante! -le rogó ella-. ¡Deja que te mire aún otra vez, que te bese y te tenga en mis brazos!
Y lo besó y estrechó contra su corazón. Desde lo alto, alguien pronunció su nombre, y los sones llegaban impregnados de una tristeza infinita. ¿Qué era?
-¿Oyes? -dijo el niño-. ¡Es el padre, que te llama!
Y un momento después se escucharon profundos sollozos, como de niños que lloraban.
-¡Son mis hermanas! -dijo el niño-. ¡Madre, no las habrás olvidado! Entonces ella se acordó de los que quedaban; la sobrecogió una angustia indecible. Miró ante sí y vio unas figuras flotantes, algunas de las cuales creyó reconocer. Avanzaban en el aire por la sala de la Muerte hacia la oscura cortina y desaparecían detrás de ella. ¿No se le aparecerían su marido, sus hijas? No, su llamada, sus suspiros, seguían llegando de lo alto. Había faltado poco para que se olvidase de ellos, absorbida en el recuerdo del muerto.
-¡Madre, ahora suenan las campanas del cielo! -dijo el niño- Madre, ahora sale el sol.
Y sobre ella cayó un torrente de cegadora luz; el niño se había ido, y ella sintió que la subían hacia las alturas. Hacía frío a su alrededor, y al levantar la cabeza se dio cuenta de que estaba en el cementerio, tendida sobre la tumba de su hijo. Pero Dios, en su sueño, había sido un apoyo para su cuerpo y una luz para su entendimiento. Doblando la rodilla, dijo:
-¡Perdóname, Señor, Dios mío, por haber querido detener el vuelo de un alma eterna, y por haber olvidado mis deberes con los vivos, que confiaste a mi cuidado!
Y al pronunciar estas palabras, un gran alivio se infundió en su corazón. Salió el sol, un avecilla rompió a cantar encima de su cabeza, y las campanas de la iglesia llamaron a maitines. Un santo silencio se esparció en derredor, santo como el que reinaba ya en su corazón. Reconoció nuevamente a su Dios, reconoció sus deberes y volvió presurosa a su casa. Se inclinó sobre su marido, lo despertó con sus besos y le dijo palabras que le salían del alma. Volvía a ser fuerte y dulce como puede serlo la esposa, y de sus labios brotó una rica fuente de consuelo.
-¡Bien hecho está lo que hace Dios!
Le preguntó el marido:
-¿De dónde has sacado de repente esta virtud de consolar a los demás?
Ella lo abrazó y besó a sus hijas.
-¡La recibí de Dios, por mediación de mi hijo muerto!
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Cuento del espejo
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Se cuenta que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino.
El rabino lo tomó de la mano, lo acercó a la ventana y le dijo:
- mira.
El rico miró por la ventana a la calle.
El rabino le preguntó:
- ¿qué ves?.
El hombre le respondió:
- veo gente.
El rabino volvió a tomarlo de la mano y lo llevó ante un espejo y le dijo:
- ¿qué ves ahora?.
El rico le respondió:
-”Ahora me veo yo”.
- “¿Entiendes?, dijo el rabino, en la ventana hay vidrio y en el espejo hay vidrio. Pero el vidrio del espejo tiene un poco de plata. Y cuando hay un poco de plata uno deja de ver gente y comienza a verse solo a sí mismo”.
Envía Sonia Gaynor
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Creer en uno mismo – Alba de Vidoni
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Muchas veces creemos
En el destino
Rezamos
Esperamos que las cosas pasen.
Y nos olvidamos
De lo más importante.
Creer en nosotros mismos
Nos conformamos.
En ves de arriesgarnos.
Sin pensar que cada día que
pasa, nunca volverá.
Nada está escrito.
Nada es imposible.
Ni siquiera lo imposible.
Todo depende
de nuestra voluntad.
De esa fuerza que nos sale
de adentro
De decir “si, puedo”
a cada desafío
Tenemos el poder.
Cuando estamos decididos,
cuando estamos convencidos,
cuando de verdad queremos algo,
no hay obstáculo capaz de
interponerse.
Si queremos, podemos llegar
más lejos.
Si queremos, podemos llegar
más alto
Si queremos, podemos hacer
lo que sea
Sólo hay que proponérselo.
Colaboración de ALBA (Mamá de Cristian)
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Al comenzar el día – Sol Fantin
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INSTRUCCIONES PARA COMENZAR EL DÍA
Siéntate sereno junto a la ventana.
Oye el canto leve de la azul mañana.
Palpa con los ojos, invisiblemente,
la piel del espacio que tienes enfrente.
Baja de la torre de tu pensar frío
como de la cima baja alegre el río
a habitar fecundo la tierra amorosa
que dentro del pecho palpita y reposa.
Deja que allí sueñe para todo el día
los itinerarios de tu travesía:
conquistar miradas, navegar el cielo,
caminar despacio detrás de un abuelo.
Descifrar mensajes del viento que reza.
Conservar la calma, perder la tristeza.
Respirar profundo tres veces enteras.
Ver en las personas almas compañeras.
Bendecir el trigo que ríe en la boca.
No desesperarse por la vida loca.
Murmurar un canto cuando se aproxime
la memoria vaga de lo que lastime.
Deshojar paciente las horas traviesas,
rumiando verdades, cazando bellezas.
Recibir la tarde que llega oportuna
destiñendo el aire, llamando a la luna.
Y al aproximarse, solemne, el ocaso,
sentir en la noche, que es madre, un regazo.
Medir la distancia de un astro lejano
que vive millones de tiempos humanos.
Saberse pequeño, pero protegido
por el Universo donde hemos nacido.
Y antes de cerrarnos igual que las rosas
hablar con el Padre de todas las cosas.
¿Lloras? ¿Te han herido? ¿Te han abandonado?
Mira los gorriones: ¡cantan a tu lado!
¿Ríes? ¿Te visita la vida sonriente?
¡Lleva, pues, un poco de paz a la gente!
Baja de la torre del pensar, mil veces:
vives cuando amas, cuando no, pereces.
Yo desde mis rimas te tiendo la mano,
y al tomar las tuyas, anónimo hermano,
sé feliz, te digo, porque lo mereces.
Envía Roberto Agudo
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Responsabilidad y culpabilidad – Anji Carmelo
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Carta a un padre
…una verdadera responsabilidad exime de culpabilidad.
¿Qué significa responsabilidad? Es la habilidad de responder, que no se estanca sino que crece con nosotros. No tenemos la misma que hace diez años ni tampoco como ayer.
Cuando sucede lo impensable y perdemos a lo que más queríamos, si por algún momento esa pérdida puede estar en directa relación con algo que hemos hecho o dejado de hacer, vamos a exigirnos más allá de lo que éramos capaces. En ese momento la culpabilidad aparecerá, debido a una crecida en nuestra responsabilidad. Pero no tiene nada que ver con el hecho en sí.
Si tenemos en cuenta esto, dejaremos de exigirnos actuaciones imposibles, porque esa exigencia es la que genera culpabilidad.
Normalmente cuando respondemos de una forma específica es porque no teníamos más recursos, ni mayor conciencia. Cuando se trata de un accidente, está exigencia se multiplica y sentimos que teníamos que haber tenido previsto todos los factores que entraron en juego. Incluso nos machacaremos por nuestra imposibilidad de retroceder y causar otro desenlace.
Hablas de “fatal casualidad” y este punto de vista potenciará aún más tu angustia, ya que vivirás el acontecimiento más grave e importante para ti, desde la casualidad, desde el azar. Es un razonamiento normal pero aún desespera más. No hay nada peor que sentirnos llevados sin más, víctimas de no se sabe qué.
No quiero cambiar tu forma de ver las cosas, pero para tu propio bien, especialmente si te hace daño, poco a poco puedes cambiar tu visión a una menos castigadora para ti.
Muchos padres que han perdido un hijo por enfermedad explican que no saben cómo, pero el desenlace parecía estar dirigido para que ocurriera lo que de otra manera hubiese sido evitable. En estos casos no es cuestión de milésimas de segundo sino una larga serie de circunstancias que llevaron a lo que no tenía que suceder y que les ha proporcionado oportunidad para darse cuenta que lo evitable puede volverse inevitable y no es culpa de nadie.
Vivimos nuestras vidas de la mejor forma que sabemos y muchas veces los resultados no están a la altura de nuestra acción y nuestras intenciones.
En tu caso, todos los factores eran óptimos, el coche, tu conocimiento del terreno y tu cuidado y aún así te responsabilizas injustamente. Pero aunque no hubiesen sido estas sino peores por descuido tuyo o circunstancias que tu podías controlar… aún así la culpa no sería tuya.
No te juzgues indebidamente, no juzgues lo que no estaba en tus manos como si tu pudieras controlarlo todo. La vida es tan inmensa que no creo que nadie incluso el más capaz pueda controlarla como quisiera.
Lo que ha pasado te ha proporcionado una ampliación de conciencia más allá de lo que podías imaginar. De la noche a la mañana tu perspectiva ha cambiado y posiblemente sientas emociones que antes no sentías ni sabías que tenías, veas cosas que antes no veías y te moverán y conmoverán situaciones que ni imaginabas existían.
El hecho de que tu hija ya no esté cambiará incluso la forma en el que os hubieseis relacionado. Es normal y muy humano y quizá ya hayan nacido otras formas de hacer mejores, más cariñosas… Quizá estés poniendo en tela de juicio todas tus acciones pasadas como si fueras el juez más implacable. No lo hagas, no caigas en la tentación, deja que tu expansión de conciencia no te lleve a juzgar sino a comprender. Las expansiones de consciencia nos vuelven más sabios y no es de sabios poder con todo sino saber donde se encuentran sus límites.
Cuando intentamos comprendernos, la mayoría de las veces descubriremos que hicimos todo lo que en aquel momento humanamente podíamos. El problema es que nos exigimos ser dioses y descartamos nuestra capacidad de respuesta real como si se tratara de un defecto.
Espero que esto te haya ayudado un poquito. Sé más generoso contigo, valora el amor que tenías por tu hija he intenta desde allí buscar el camino de tu alivio y consuelo. Nunca estamos a la altura de lo que nos exigimos especialmente cuando es para nuestros seres querido y aún más cuando ellos ya no están aquí.
No hay culpabilidad que valga en las relaciones de amor, sólo hay amor, sólo hay buena voluntad, sólo hay capacidades de respuesta reales. Tienes que ser justo y quizá comprendas porqué sigues aquí llevando el testigo que te entregó tu hija para que ella siga viviendo en y a través de ti.
Con todo cariño y apoyo,
Anji
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Desde Chile – Angélica Godoy
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Mi nombre es Angélica Godoy, soy la Mamá de Felipe André y escribo desde Chile. Participo en el Grupo Renacer de Concepción.
Antes de todo lo que pueda seguir escribiendo hoy y en otras ocasiones, quisiera felicitarles por esta linda labor que ustedes cumplen en Argentina y más que todo señalarles que la forma es lo grandioso, mi hijo hermoso Felipe, partió de este plano terrenal, hace un poco más de tres años, con 12 años y estoy segura que regresó como sol radiante , a su esencia.
quisiera que sepan que admiro mucho, la forma en que enfrentan la partida física, la manera que explican como debemos seguir caminando, cosa que a mi no me cabe duda, debe ser así, ingreso a su pagina, con la esperanza de encontrar frases sabias, que me entreguen herramientas para poder ayudar a las mamas que llegan todos los meses a este grupo.
Hoy, después de haber perdido sólo físicamente a mi hermoso niño, y después de un año o más de no entender nada, logro saber y abrir mi conciencia a lo que en realidad hoy existe en mi vida, en la del resto de mis hijos, en la de mi marido y todos los que nos rodean, hoy existe el entendimiento y el tener claro, que en realidad la “muerte”, sólo existe como una palabra y lamentablemente por nuestra educación, una palabra negativa, una palabra a la cual se teme y se anula en el diario vivir, hoy no es más que eso, la situación dolorosa de perder físicamente a Felipe, es eso, lo perdimos en su físico pero no en su espíritu, no en su esencia. Tenemos claro hoy, que Nuestro Felipe André cambió de estado, que nos acompaña hoy en otra forma, en esa forma que nadie puede evitar tomar algún día, cuando el destino lo determine.
Amigos, si bien es cierto, el contacto de piel se extraña demasiado, como no voy a estar por otro lado tranquila, pués mi hermoso Ser de Luz, en 12 años consiguió lo que a otros nos cuesta más, regresar a nuestra esencia, cumplir nuestra labor, hacer lo que tenemos que hacer y alcanzar la plenitud.
Desde Chile, les enviamos un abrazo grandote y las energías positivas a todos aquellos papas que se encuentran en nuestro mismo camino, el de la esperanza de volverlos a ver, cuando cambiemos de estado.
Me despido con la esperanza de que logremos aceptar la nueva forma de nuestros hermosos hijos y los sigamos amando, puesto que la palabra Amor, significa No Morir, por lo tanto depende de la capacidad que tenemos en nuestro corazón y nuestra razón, que logremos que al menos en esta vida nunca nos dejen.
con cariño
Angélica, la Mamá por siempre de Felipe André.
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Sufro porque deseo – Von
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Existe una estrecha conexión entre nuestros miedos y deseos. De hecho, no podemos entender unos sin atender a los otros. Ambos son coordenadas de un mismo mapa que utilizamos para huir del dolor y encontrar el placer. Un mapa que, sin embargo, pocos han aprendido a descifrar; de ahí que nos encontremos casi siempre perdidos.
El texto completo en nuestra página Renacer en Internet.
Hasta la próxima!!
“La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida” Viktor Frankl
La Logoterapia de Frankl es -además de un enfoque psicoterapéutico- un estilo de vida que orienta al cultivo de lo significativo, al cuidado de esa forma de caminar que conlleva felicidad.