Cómo encontrarle sentido a la vida – Leopoldo Kohon


Encontrarle sentido a la vida es abordar el proceso de crear y cultivar aquello que deseamos que suceda en nuestra propia experiencia. La reflexión y la acción pueden ayudarnos a acortar la brecha que existe entre la manera en que estamos viviendo y cómo queremos vivir. Se trata de un proceso que, a medida que se vaya afirmando, posibilitará logros mayores. En cada paso es importante ver qué cambios se encuentran dentro de nuestras posibilidades, y darles forma. Esto evitará frustraciones paralizantes y permitirá concretar avances que irán abriendo nuevos horizontes, tanto en el plano interno como en lo externo.

Con la idea de “sentido” nos referimos a aquello que activa e intensifica la experiencia de vivir, a ese entramado de valores, ideales y deseos que orientan el rumbo de nuestra existencia y organizan la manera en que sentimos, actuamos, nos vinculamos con los otros y con las cosas. El sentido está en la base de la manera en que vivimos: la funda pero no se ve si no nos preguntamos reflexivamente por él; son los cimientos que sostienen y dan forma a la existencia, pero en tanto cimientos no son visibles sin cierta “excavación”.

El sentido de la vida no se presenta como un dato atemporal e impersonal. Las distintas épocas históricas se organizan desde horizontes de sentido diferentes, y las personas asumen esos rasgos epocales de manera singular. Por lo tanto cuando nos preguntamos por el sentido de nuestra propia vida no estamos detrás de una respuesta unívoca: lo que intentamos es comprender el espíritu de nuestro tiempo y afirmar lo que deseamos que nos ocurra dentro de ese contexto.

Sin embargo, para sintonizar lo que deseamos primero debemos traer a la conciencia ciertos condicionamientos culturales que subyacen bajo nuestras maneras cotidianas de pensar, sentir y vivir.

Las formas heredadas

En nuestro decir cotidiano referimos al sentido de una experiencia apuntando a su utilidad, a lo que puede generarse como producto de ella. Esto es lo que heredamos de nuestra historia familiar y social: nuestros padres y abuelos enfocaron el sentido de sus vidas en la utilidad de sus actos y en el poder que lograban sobre las cosas y las personas. Desde esta perspectiva somos personas en tanto logramos ser útiles y poderosos. No importa la calidad de nuestra vida, sino cuánto producimos y cuánto tenemos.

A esta cosmovisión heredada la denomino “sentido utilitario-productivista”. Propone una manera de ser y estar en la vida, que aún es hegemónica en nosotros, pero que se organizó a partir de un estado de cosas muy diferente al actual. Su espíritu se alimentaba del estado de necesidad y carencia en que se encontraba la humanidad occidental a de fines de la Edad Media, una situación que generó la lógica del “progreso” y forjó una manera de vivir que transformó la conocida hasta entonces. El espectacular desarrollo de la capacidad productiva conquistado en los últimos siglos transformó las condiciones y abrió nuevas posibilidades. Hoy necesitamos autorizarnos a cambiar la manera de ser y vivir basada en este paradigma, porque ya no sintoniza con el estado del mundo.

Es fundamental tomar conciencia de que nuestra lógica espontánea y el “sentido común” que guía nuestras elecciones aún están fundados en la concepción del mundo y de la vida propia del productivismo. Sin embargo en la actualidad los sentimientos, deseos e intensidades de muchos de nosotros ya no se alinean con esa manera de sentir y querer, aunque todavía actuemos a partir de ella. Este desfasaje da lugar a una sensación de pérdida de sentido: ésta es la principal causa de la crisis de valores, de las costumbres y de las instituciones en que nos encontramos. El sentido productivista está afincado en el corazón de nuestro “piloto automático” y da forma a nuestras acciones cotidianas. Si en verdad queremos cambiar de dirección, tendremos que resignificar el sentido que orienta nuestra manera de ser y de accionar.

Un cambio de fuente

Las personas somos parte del mundo y nuestras formas de vivir cambian con él. Desde hace cincuenta años el mundo experimenta modificaciones radicales, y los que hoy estamos vivos necesitamos sintonizar con el nuevo estado de cosas. Pero, ¿por dónde comenzar esta búsqueda? La fuente dadora de sentido que heredamos de los siglos anteriores estaba en el deber y esto apuntaba siempre al resultado utilitario de las experiencias, y no al disfrute de cada presente vivido. Los cambios que están ocurriendo sugieren una mutación: en la actualidad la conexión con la fuente de sentido está en el deseo; la pregunta ya no es “cómo se debe vivir”, sino “cómo quiero vivir”.

El hecho de asumir que somos seres deseantes y validar aquello que pulsa en nuestros deseos nos permitirá conectar con nuevos horizontes de sentido. Generará en cada uno actitudes y propuestas más amistosas con los otros y con las cosas, más interesadas en la alegría y el goce de vivir. Esto irá dando lugar a una nueva forma de convivencia en la que nos relacionaremos con los demás desde la alianza, la inclusión y el amor, y no desde la competencia, el uso y la exclusión.

Nuevo posicionamiento

Necesitamos aprender a encontrar sentido en la alegría de vivir cada experiencia. Esto irá gestando en nosotros nuevas maneras de sentir y valorar la vida cotidiana y el tiempo presente. Autorizará sentimientos y pensamientos más atentos al goce, dará a luz una sensualidad con mayor presencia del aquí y ahora y no tan pendiente del resultado, más interesada en la alianza que en el dominio sobre las personas y cosas.

Esta nueva actitud está en la base de los enriquecimientos de la vida que se muestran como posibles y hasta necesarios en las actuales condiciones tecnológicas de la producción. Se trata de una manera de ser y vivir que requiere limitar la fuerza del registro utilitario productivista concebido a partir de la carencia y la miseria, y nos permita acceder a los potenciales de bienestar que ofrece la actual situación.

Algunas cuestiones claves

- Para orientarnos en esta búsqueda debemos prestar atención a nuestras ganas: ¿Qué tenemos ganas de vivir, y cómo? Obviamente la pura espontaneidad deseante no nos servirá para reorientar las prácticas: necesitaremos pensar nuevos caminos, desempolvar la imaginación y la intuición para diseñar estrategias y acciones novedosas.

- Precisamos alivianar dentro nuestro el poder de “verdad” que tiene lo establecido como valioso y verdadero por la educación que recibimos. Esto requiere repensar la validez del sentido a partir del cual percibimos ciertas formas de vivir como buenas (y las repetimos aunque no nos hagan felices) y damos otras por malas (sin examinar si realmente son dañinas para nuestra vida o para la de los demás).

- Necesitamos tomar contacto con lo que deseamos vivir, que casi siempre está atrapado por los prejuicios del mundo viejo. Podemos ablandar esos prejuicios para traspasarlos y poder vivir más allá de ellos.

- Conviene que nos autoricemos a pensar y validar proyectos y conductas que hasta ahora no nos hemos atrevido a imaginar y desear, o que descartamos por incorrectas o imposibles ni bien afloran a nuestra mente. ¿Y si fueran mejores opciones, practicables y posibles?

- Es importante invitar a las personas que conforman nuestro entorno (familiar, laboral y social) a compartir esta búsqueda de sentido y a encontrar nuevas formas de relacionarnos. Es preciso que aprendamos a vincularnos con ellos en tanto aliados que se potencian mutuamente, y no como jueces que dictaminan desde el rol de policía de la “buena conducta” establecida.

Más cerca de las cosas

Al validar y activar en nosotros la capacidad de conectarnos con nuestros deseos más propios estaremos potenciando el cambio. Sin embargo al comenzar a hacerlo estaremos registrando sólo “el aroma del deseo”, lo más genérico de él. Ese primer movimiento señalará el rumbo para orientar la búsqueda. Luego habrá que “encarnar” el espíritu que late en nuestras ganas. Para ello necesitaremos imágenes más concretas, y tendremos que acercar la pregunta a cada zona de la vida: interrogarnos sobre cómo queremos vivir el amor, el trabajo, las amistades, la relación con nuestros hijos, el vínculo con el dinero, etc. Y luego sí: habrá que inventar y diseñar estrategias, proyectos, acciones y actitudes que vayan haciendo realidad lo nuevo, atendiendo a las condiciones de posibilidad.

El desafío reclamará tiempo y atención, imaginación y aprendizaje. Pero las sensaciones de realización y bienestar que encontraremos a cada paso alimentarán nuestro esmero y la potencia para encontrar un nuevo sentido para nuestras vidas y obrar desde él.

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3 comentarios en “Cómo encontrarle sentido a la vida – Leopoldo Kohon

  1. Reciban un cordial saludo: Es tan importan poder compartir nuestro dolor. Despues del dolor tenenmos que reponernos pero aun ssera muy , muy dificil tener sentidio a nuestra vida ya que planificamos e imaginamos un funturo siempre con nuestros hijosa …….pero Jamas imaginarnos sin ellos …por tal motivo nos es dificil rehacer nuestrass vidas sin ellos.
    quisiera poder organizarnosde tal forma juntarnos grupo de padres que perdieron sus hijos a causa del cancer seria interesante ayudarnos o ayudar a los que atraviesan esta dolorosa situacion … anhelo ayudarnos en nombre de mi hijo Alejandro mi angelito que estaras sienpre a mi lado te quiere mucho tu mama…
    Organicemonos o ayudemonos mi correo es
    vilmaset_6@hotmail.com

    • hola vilma me solidarizo con vos y con caes una lucha tan larga de transitar el aceptar la gravedad de esta enfermedad y mucho mas es que la enfermedad los termine venciendo . los padres que han perdido a un hijo con cancer o cualquiera fuese el motivo.mi hijo tenia 15 años ,su tratamiento duro 8 meses .de esto hace 1año y casi 8 meses que mi hijo se fue y me es muy difisil aceptarlo.cada dia que pasa es distinto siempre se despiertan en nosotros sentimientos distintos y lo peor de todo es que ellos ya no se encuentran a nuestro ldo.que la lucha fue muy grande y que de nada valio ,todo fue en vano.un beso grande y muchas fuerzas

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