Virtudes logoterapéuticas para el acompañamiento

Pbro. Lic. Daniel Martínez, miembro fundador de la Sociedad de Logoterapia del Uruguay

Quizá resulte extraño que se encuadre el tema acompañamiento en el marco de la familia y la educación. Sin embargo, el hecho ( y sus consecuencias), de la cada vez más frecuente experiencia de “soledad” de niños y adolescentes por la ausencia parental, provocada no por la carencia de estos, sino por su no presencia real en la vida de aquellos, debida a las necesidades socioeconómicas (muchas veces exacerbadas en nuestra sociedad consumista), que obligan al pluriempleo; o al afán-derecho de autorrealización en su profesión; deberemos asumir que esta consideración no es un capricho sino una necesidad; ya que la relación familiar no es sino la experiencia humana básica de acompañamiento.

Para entender esta afirmación debemos comprender qué es acompañar. Según el DRAE, acompañar es: “ir o estar junto a otro u otros”. También nosotros podríamos hacer nuestra esta definición, siempre y cuando definamos nuestra peculiar forma de entender este “estar”. No se trata de un mero ocupar espacio, presencia totalmente pasiva ante la vida del otro; pero tampoco un guiar al otro por los senderos por mí recorridos o decidir por él su itinerario; sin embargo es al mismo tiempo necesario que el acompañante haya hecho experiencia de camino e incluso de haber sido acompañado.

Esta presencia de la que hablamos se percibe desde lo dicho como peculiar. Pero hay más aspectos:

a) El acompañante deberá tener presente que su misión no es ser acompañante, sino construir su existencia. Responder a la misión de ser constructor de su propia vida, así como del hecho de que el sentido de su existencia no está dado ni depende de su éxito como acompañante. Por lo dicho, deberá ser consciente de que su presencia no es la más importante en la relación, es decir la forma de estar presente del acompañante en la vida del acompañado no debe ser un obstáculo para la relación de la persona y la Vida misma, Su vida. El acompañante debe tener clara conciencia de su deber de ayudar a descubrir, aceptar y disfrutar la vida como tarea y misión, y por lo tanto como responsabilidad, por ende no puede interponerse en el ejercicio de esa responsabilidad.

b) Ciertamente esto implicará abrir horizontes, muchas veces la responsabilidad y la elección no son posibles por no conocerse las posibilidades existentes, es preciso ayudar al otro a tomar distancia de la situación vital en que se encuentra, y poder verla desde otras perspectivas. Pero al mismo tiempo quien acompaña debe estar él mismo desapegado de “su” verdad, sabiendo que cada persona debe hacer un camino único e irrepetible para encontrarla.

c) Poder elegir implica ejercer la propia libertad, sólo que eso no es posible si no se educa para ello, una libertad usada para buscarse a sí mismo, aún no es libre, ya que no ha podido liberarse del yugo del propio ego y no ha encontrado las vías para salir de sí abriéndose a la donación y al amor.

La misión del acompañante es, bajo este punto de vista, el abrir espacios a la experiencia, mejor aún, crear el deseo, provocar el ansia de sentido, casi diríamos fascinar, encantar al acompañado deslumbrándole con la posibilidad de significado de su propia vida; y esto bajo cualquier condición, favorable o no. Tal misión se lleva a cabo primeramente viviendo el mismo acompañante una existencia con significado, única que; citando a Elizabeth Lucas; merece el nombre de fascinante; en segundo lugar siendo profeta del sentido, no pretendiendo infundirlo, sino llamando constantemente a la búsqueda y a la esperanza de encontrarlo.

Esto exigirá al acompañante la firme fe en la posibilidad de significado de cualquier existencia y la férrea persistencia en el testimonio, es decir un real y pleno acto de amor por aquel a quien acompaña. Claro, si entendemos el amor como el querer, buscar, desear y hacer sólo y siempre el bien del otro.

Resulta evidente que hasta aquí no hemos hecho más que definir el acompañamiento desde la puesta en función de los cuatro pilares noéticos: autotrascendencia, autodistanciamiento, libertad y responsabilidad, permítaseme ahora aplicar lo dicho al ámbito familiar.

Resulta evidente que en una situación cultural relativista, que propugna la pluralidad de paradigmas como la actual, no se puede proponer un sistema de valores o una forma de vivir simplemente por un argumento de, al decir de los latinos, “potestas” sino de “auctoritas”. ¿qué significa esto?, que no es el simple rol lo que garantiza la realización de la función, sino el peso testimonial de quien lo realiza. No basta ser padre o madre, hay que “serlo”, se impone la necesidad de una “presencia”, no sólo física, de por sí atacada sino también existencial. En una sociedad que descarta y esconde a los ancianos, los modelos existenciales, las referencias de las que aprender la sabiduría para descubrir el sentido de la propia existencia y el ejercicio de los valores, no abundan. Por eso corresponde a los padres ocupar ese lugar con su propia experiencia. Esto depende también del cimiento en que se apoya la familia, si los cónyuges no son personas capaces de vivir la autotrascendencia , la libertad y la responsabilidad, saliendo de sí en la búsqueda de la plenitud del otro no podrán ser transmisores de esta sabiduría. Ojalá esté próximo el día en que nuestras familias se apoyen sobre este cimiento, ciertamente ese día habrán comenzado a solucionarse muchos de los males de nuestro mundo.


Escribe un comentario