Año. X, Nro. 111, julio de 2009

Contenido

Porqué y para que. – José Divizia
Un Aporte en Busca de Un Lenguaje Común – Ana y Enrique Conde
Nachito – Pilar Layus
Desgraciados – Silvia Gras, mamá de Juan Pablo
Plegaria – Maritza Ceballos – Venezuela
La actitud en el duelo – Ángela Ortiz Pérez madre de Marta
Hay algo peor que perder un hijo – Gustavo y Alicia Berti

 

Nuevo libro para descargar, enviado por Eduardo Mena de Renacer Costa Rica, “Para mejorar tu relación con lo que han muerto” de Víctor Manuel Fernandez, en la Sección PARA LEER en nuestra página Renacer.
En la misma sección, se puede descargar “Un año sin mi hijo” de Susana Rofriguez Garcia, una mamá de Renacer.

Hasta la próxima!!

Porqué y para que. – José Divizia

 

En los grupos Renacer, basados en la logoterapia, es común que al padre recién llegado le digamos que cambie sus preguntas, que no pregunte porqué, sino para qué. Quizás Frankl, lo resumió en muy pocas palabras diciendo que el hombre no está libre de, sino que es libre para. Sin embargo para esos padres dolidos, no queda clara la diferencia, suena más como una frase bonita o un eslogan, cuando tiene un contenido muy rico y, a mi criterio, de una lógica impecable.

Quiero brevemente intentar explicitar la diferencia para que aquellos que se inician en el camino del duelo, no deban hacer el esfuerzo de poner luz donde ya la hay.

Todos sabemos que para que un hecho acaezca es necesario que confluyan múltiples condiciones necesarias en el espacio y tiempo.

Normalmente nuestra percepción cotidiana simplifica esa multiplicidad y asigna a una o unas pocas condiciones el carácter de suficiente.

Veamos un ejemplo. Decido ir a comprar pan, voy y vuelvo con el pan. Si alguien preguntara diría que bastó mi voluntad de ir para hacerlo. Si pensamos un poco, hay algunos requisitos que debieron cumplirse para que mi voluntad pudiera ser realizada.  Si no tengo la llave de mi casa no puedo salir, si no tengo dinero no puedo comprar,  si la panadería esta cerrada tampoco,  si no hay pan en el negocio tampoco, etc., etc. Sin embargo digo que basta querer ir a comprar para que eso sea posible, cuando en realidad hay mucho más que mi simple querer, para que se cumpla mi deseo. Para el funcionamiento cotidiano es suficiente, funciona y es efectivo que simplifique.

Cuando algunas de las condiciones ignoradas y que normalmente se cumplen, no acude a la cita, o sea, no se cumple, es cuando mi deseo se imposibilita y me contrario. Decidí ir a comprar pan pero no pude, porque…

La unión de TODOS los factores necesarios, hacen una condición suficiente para que el hecho se produzca. Ahora bien, cuando decimos TODOS, no tenemos en cuenta los muchos y complejos factores intervinientes que sin duda se escapan a nuestro análisis y capacidad de aprehender la realidad. No funcionamos analizando todos los factores, tomamos solamente unos cuantos, los mas “evidentes” para nosotros y resulta practico, rápido y sencillo hacerlo así.

Cuando preguntamos el porque de un hecho, pretendemos encontrar la causa del mismo en unas pocos factores, no tomamos en cuenta la complejidad que acompaña a cada situación, queremos simplificar y en ese simplificar buscamos al “culpable” de lo que nos ocurre. Preguntar porque significa que debemos determinar TODAS  las causas concurrentes, la relación que hay entre ellas y el peso de cada una, o sea, una tarea más allá del alcance de la capacidad humana. Por eso preguntar porque, nos lleva por un camino sin salida, sin respuestas posibles, o bien hacia respuestas erróneas.

Cuando preguntamos ¿qué hago frente a esto?, ¿Qué camino tomo ahora?, ¿Qué significado le asigno a esta situación?, que son las preguntas del para que, en realidad estoy poniendo la respuesta en mi voluntad y decisión, la respuesta depende de mí, yo debo darla. Aquí estamos en una situación diferente, de nosotros depende qué hacer, el camino a seguir, el significado que queramos otorgar. La respuesta no viene del análisis complejo de los factores externos, sino de mi interioridad, aquí si es posible una respuesta ya que ella es una elección mía.

Cuando decimos no preguntes porque a un padre que perdió un hijo, estamos diciéndole, no construyas tu propio laberinto, por ahí, sólo vas a perder tiempo y esfuerzo y siempre tu capacidad limitada de entender la realidad te hará llegar a conclusiones erróneas. No trates de meter el mar en un pozo en la playa, eso es imposible.

Por eso decimos, busca el para que, ahí hay acción posible porque es elegida voluntariamente.

El para que está ligado al presente que es donde nos movemos, el porque está ligado al pasado, ya no puede modificar. El porque busca culpables, reclama reparación. El para que nos llama a la acción, urge por nuevas formas de percibir, de valorar, de entender, de significar, apela a  la dimensión espiritual que es lo mas humano que tenemos.

Un Aporte en Busca de Un Lenguaje Común – Ana y Enrique Conde

 

Es propio de la ESENCIA DE RENACER no hacer ninguna diferencia con respecto a la causa de la muerte de sus hijos y partir de este hecho, que es lo que verdaderamente une a todos los padres, trabajar sobre la transformación que representa para el futuro de nuestras vidas, la perdida sufrida.

     Sin embargo, es frecuente que se pregunte  a los padres con más experiencia, cómo tratar a aquellos papás cuyos hijos se han suicidado, y aún más, pues en el encuentro de Huerta Grande 2008 se ha formulado la pregunta ¿por qué no nos referimos siempre al suicidio con el término suicidio?

    Ante tal pregunta Gustavo Berti dijo: “No hay nada de malo en decir “yo perdí un hijo por suicidio” y agrega “en última instancia cada papá o mamá lo nombrará como mejor le parezca.”

     En esta respuesta hay por lo menos una apertura al uso de “un leguaje común”; suponemos que Berti intuye que es posible, también en este caso, utilizar la capacidad de hacer las cosas distintas a como parecen ser o dicho de otra manera, para ver las cosas distintas a lo que aparentan ser por los paradigmas vigentes relativos en este caso  al suicidio.   

     Paradigmas a los que Jasper describe con precisión al decir “todos los despotismos, todas las iglesias, toda violencia que salió del hombre y pasó por el hombre, han rechazado con horror el suicidio.”

    Conocemos el caso de un padre de Renacer que acudió a un cura en procura de consuelo y el cura le dijo: “su hijo está en el infierno.”

    En busca de un leguaje común, nos atrevemos a realizar una reflexión acerca del uso de la palabra suicidio en los grupos Renacer.

     Nos arriesgamos a que pueda tildarse de “eufemismo”, es decir, según el diccionario, “una forma de expresar con decoro, conceptos cuya franca expresión se considere dura o desagradable”, aún ante ese riesgo, si usamos términos menos duros o menos desagradables, nos acercaríamos más a  lo que nos inspira el amor al ser querido que toma esa decisión, fuente de nuestra intuición.

    Siguiendo a Víctor Frankl, que proclama como esencial en el hombre su libertad y su consecuente responsabilidad, Gustavo Berti nos dice: “Si decimos que el hombre es un ser libre, podríamos preguntarnos inmediatamente ¿Cuál es el límite de esa libertad? ¿A dónde termina? ¿Tiene una persona  derecho a determinar cuál va a ser el momento en que su vida tenga final? ¿O la libertad llega hasta ahí y ya no es libre para decidir?” 

      La palabra “suicidio” deriva del latín y significa “matarse a sí mismo” de la misma manera que fratricida significa “matar a un hermano”, homicidio “matar a otro ser humano” y así sucesivamente, de donde “suicidio” es sinónimo estricto de “matarse”.

     ¿Podemos ligar el ejercicio de la suprema libertad de disponer de su propia vida, al sentido atribuido a la palabra “suicidio”, nacida en la misma época en la que Platón sostenía que las palabras ocultan más sobre la naturaleza interna de las cosas de lo que revelan?

     Precisamente, la palabra “suicidio”, al dejar oculta la libertad implícita en la decisión de quien asume la actitud de librarse de su cuerpo, oculta más de lo que revela de la naturaleza interna del hecho que pretende describir.

     Por el contrario, Jasper le asigna dignidad a tal decisión cuando dice: “En el hecho de que el hombre, sólo el hombre, pueda quitarse la vida con una decisión clara, pura, sin enturbamiento por los afectos, sino más bien siendo fiel a sí mismo, en este hecho reside su dignidad.”  

    ¿Podemos afirmar, entonces, que la palabra “suicido” respeta al ser humano libre y digno?

    Nosotros, Ana y Enrique, tenemos una experiencia al respecto, vivida antes de saber que existía Víctor Frankl, Jasper o los Grupos Renacer.

    Cuando, luego de varios intentos frustrados, nuestro hijo Enriquito, partió como se diría en términos orientales, o dicho en términos usado en occidente, “cometió suicidio”, intuimos que él estaba ejerciendo su derecho a liberarse de su propio cuerpo y, entonces, en un libro que titulamos “Sueños de Libertad”, en la última página bajo el título “Camino a la Libertad”, expresamos lo siguiente:

        “De tu mano recorrimos todos los senderos en busca de la luz… nos detuvimos en cada estación… en cada piedra del camino… gol­peamos todas las puertas, tocamos todos los timbres.

     Tú veías que los capítulos de tu vida estaban inconclusos… en el deporte, en el canto, en la cerámica, en el trabajo, en el estudio, en la religión, en el amor…

     Debo cerrar mis capítulos, dijiste una y otra vez… y yo veía que los fantasmas rondaban tu mente y mi mente.

     A cada instante lo leía en tus ojos que, profundos y tristes, me miraban como pidiendo permiso y perdón a la vez… para irte de nuestro lado…

     Yo siempre te negué el permiso, pero no te negaría jamás el perdón.

     Mi corazón ya lo ha hecho.

     Esta mañana  salimos a buscar flores para mi jardín, como en la adolescencia y tú aprovechaste para irte… en silencio…

     Luego besamos tu cuerpo tibio aún…

     Por siempre recordaremos  la serenidad en tu rostro, tu risa que aún retumba en nuestros oídos, tu mirada, tu estampa y la bondad de todo tu ser.  

     Fue un acto de amor de tu parte sustraernos al dolor de  cada instante,  para quedar alojado para siempre en nuestros corazones.

     Y allí, después de llorarte con ansias,  te adoraremos, por siempre, con amor.

     Así se manifiesta Dios en ti y en nosotros.

     Y si detrás de cada sufrimiento hay una enseñanza… gracias por habernos enseñado a amar como te amaremos de hoy hasta la eternidad.

     En libertad; como tú querías.”

   Dos años después, el 31 de octubre de 1995, asistimos por primera vez a una reunión de Renacer y cuando una mamá nos hizo la ficha de ingreso, al preguntarnos la causa de la partida de nuestro hijo, Ana adelantándose dijo: “Por decisión propia”, lo cual fue una sorpresa pues nunca lo había comentado anteriormente.

    ¿Que resortes de la intuición pudieron inducir a una madre a decir impensadamente “por decisión propia” en lugar de suicidio?”

    Cuando la madre que hacía la ficha escuchó la expresión “por decisión propia”, levantó la vista y miró  con una expresión de dulzura en sus ojos.

    Desde entonces, desterramos de nuestro vocabulario la palabra suicidio.

   A partir de esta reflexión se nos hace cuesta arriba  aceptar la reiteración con que en Renacer se insiste  en la sumisión a la palabra suicidio equivalente a “matarse”, tan alejada de la libertad que preside la esencia de Renacer como una nueva cultura, basada en ver que las cosas pueden no ser como parecen ser y, a partir de ahí, mejorarlas dando un salto a la categoría de lo moral, en la que no sólo se inicia, sino que también se cierra el fenómeno de la ayuda mutua.

    Por eso, en busca de un lenguaje común, levantamos hoy nuestra voz en procura de darle un significado más profundo a esa decisión tan extrema, desechando  los paradigmas que pretenden determinarnos.

   Quizá sea necesario tener una experiencia existencial para captar la diferencia o, en su caso, aceptar la intuición  de quienes hemos pasado por este trance.

   Quizá, para ello sea necesario llegar a descubrir el verdadero significado de la expresión tantas veces oída en Renacer “la fuerza indómita del espíritu”, que podría estar amaneciendo en la cultura occidental, sintetizado en la expresión del científico Brian Weiss, a través de este pensamiento: “No somos seres humanos que estamos viviendo una experiencia espiritual, si no que somos seres espirituales que estamos viviendo una experiencia humana.”    

Con todo Cariño:

                          Ana y Enrique

Nachito – Pilar Layus

Todo te recuerda, por tu celestial ternura

que entre cielo y tierra se quedo grabada,

si ries con las lluvias, juegas con las nubes,

y un collar de perlas acarician tus manos,

que fueron labradas con todos los llantos.

Si el camino es la vida, el que nunca se acaba,

aunque el dolor aceche las ilusiones amadas,

llegan otras fuerzas, no hay que rendir,

porque hay otros lirios, que por ti perfuman,

hay una mision que cumple el ser humano.

Yo se que desde el cielo deseas volver,

como aquel lucero de cada mañana,

besar las manos de tus papis y hermanas

que a cada momento recuerdan tu risa,

y que al repetir tu nombre…..

escucha……

Hay un silbo de pan y eucaristia

que esta flotando en la brisa,

con todo el cariño de los que tanto te aman

sabes? el alma todo dulcifica,

como el agua de las fuentes,

pasaran los años, y estaras presente con tanta alegria,

y tu nombre para todo un pueblo

se transformo en poesia.

Nunca te olvidaremos…

Pilar Layus y familia

Desgraciados – Silvia Gras, mamá de Juan Pablo

Durante un programa de televisión, observé un reportaje que se le hizo a un papá que había perdido a su hija, luego de haber relatado los sucesos del fallecimiento, que por cierto fueron violentos, la entrevistadora le preguntó qué calificativo les pondría a los padres que perdieron un hijo, a lo que el papá respondió: “…DESGRACIADOS, porque perdemos la gracia…”.

Ese calificativo me dejó pensando y recurrí al diccionario para ver el significado de la palabra “desgraciado” y tras leer lo que decía no tuve dudas de que yo no encuadraba en ese adjetivo.

Tal vez, pueda equivocarme, pero yo no me siento una desgraciada, la pérdida de mi hijo sí fue un hecho desgraciado, pero yo soy una madre con mucho dolor ante esa pérdida.

Durante 21 años, que fue el tiempo compartido con Juan Pablo, fuimos muy felices, una familia donde había y hay amor; comprensión; diálogo y enseñanzas que nos queda de nuestro hijo.

Tanto mi esposo como yo, no perdimos la gracia, seguimos siendo amables y amistosos como fuimos siempre, quizás ahora con otra mirada y otros sentimientos.

En síntesis, si a mí me preguntaran que calificativo les pondría a los padres que perdieron un hijo respondería: “somos padres en el dolor que vamos aprendiendo día a día a caminar de una forma diferente”

Plegaria – Maritza Ceballos – Venezuela

A dos años de tu partida al reino celestial:

     Hijo no encuentro aun las palabras adecuadas para expresar todo lo que he sentido durante este largo tiempo, sabia que seria muy largo el tiempo después de esto, después de no tenerte, después de dejar de verte, y muy doloroso mi niño querido, demasiado doloroso estar sin ti, y no poder vaciar mi mente de todas la cosas que pasaron! quisiera que mi vida se hubiese estacionado en el día antes de esa tragedia como quisiera tener el poder de estar allá en aquel pasado en el que estabas tu, mi amor! En el que éramos el uno para el otro; pero eso es imposible y el tiempo sigue su curso cruel e indetenible y me toca vivir con esto sin remedio. Y no me queda  más que orarle a dios e implorarle por ti y por  mí para que sea el quien nos ayude con su misericordia a resignarnos.

   Hijo de mi alma y de mi corazón, mi chofer favorito, mi niño cariñoso y consentido, te entrego a la protección divina mi vida, las alas de dios te cubran, su luz guíe tus pasos en ese mundo en donde aun yo no puedo estar contigo, su misericordia te envuelva. El te aparta de zozobras y egoísmos y con su amor todopoderoso te lleva por senderos de paz, estoy segura. Vete tranquilo mi niño, vete tranquilo de la mano de dios. Y te doy gracias Padre misericordioso por darme el poder de la oración, por darme la dicha de haber tenido un hijo tan bello por dentro y por fuera por esos 19 años.

Amen.

La actitud en el duelo – Ángela Ortiz Pérez madre de Marta

 

“La actitud es el pincel con el que la mente colorea nuestra vida y somos nosotros quienes elegimos los colores”.

 Adam J. Jackson

        Los padres que hemos perdido un hijo podemos caer muy fácilmente en la apatía y mostrar una serie de conductas atípicas  que surgen como defensa a nuestro dolor.

     Objetivamente nuestra forma de actuar entra dentro de una clasificación lógica y natural, pero pasado un tiempo que no podemos especificar, lo esperado es que volvamos a reinsertarnos en la normalidad que teníamos antes del suceso. Por consiguiente, a lo largo del proceso de duelo, nuestro estado de sufrimiento experimentará cambios muy significativos que nos conducirán hacia una estabilidad. De no ser así, habría que cuestionarse si existen otros condicionantes además de la pérdida sufrida.

      Nuestro duelo no es una enfermedad mental ni entra dentro de ninguna patología específica. Podemos sentirnos abordados por la angustia y dejarnos vencer por el malestar al centrar nuestra mente únicamente en el hijo que nos falta, pero estamos sanos para poder vislumbrar nuestra manera de actuar y de sentir. Es por ello, por lo que a pesar de esa tendencia a la apatía, debemos armarnos de valor y ponernos en activo; entendiendo por activo, al padre o madre que aún permitiéndose sufrir se pone en disposición de sanar su herida.

      La terapia que necesitamos no entra dentro de ninguna escuela psicológica  porque va más allá de toda técnica. Las técnicas nos podrán aportar grandes beneficios ayudándonos a esclarecer sentimientos y a retomar modelos de conductas en un momento dado; pero nuestro dolor obedece a una sintomatología tan particular, que podemos convertir en terapia casi todo lo que hagamos durante el día si vamos con la finalidad de salir del atolladero, o desestimar todo avance si pensamos que ya nada tiene solución.

Experimentamos un desajuste emocional tan intenso que requerimos de una ayuda inmediata, porque de no ser así corremos el riesgo de convertir en crónico nuestro sufrimiento con todas las repercusiones negativas que conlleva. Nos pueden ayudar mucho las personas que hayan pasado por lo mismo que nosotros o las que sintonicen compasivamente con nuestro malestar, pero la mejor terapia de todas es la que nos proporcionemos nosotros mismos. Ésta nos viene dada por una fuerza que todos poseemos pero que no todos estamos dispuestos a utilizar: La actitud positiva.

      Al mencionar la palabra actitud me gustaría aclarar que lo que determina nuestros sentimientos sobre los sucesos que ocurren en nuestras vidas no son los propios sucesos en sí, sino el significado que le damos a éstos. Y aunque nos resulte paradójico, una forma de afrontar la tragedia es hallando algo positivo que tenga cierto significado en el dolor que nos aflige.

La actitud es la manera en que nos enfrentamos a un problema determinado. En nuestro caso, si tenemos la valentía de pensar que se puede “vivir” con lo que nos ha acontecido, y nos ponemos manos a la obra para comenzar a buscar soluciones, saldremos adelante. Pero si nos dejamos llevar por la apatía encerrándonos en nuestro dolor y pensando que ya nunca más volveremos a disfrutar de la vida, puede suceder que siempre llevemos presente el sello de nuestra desgracia.

La actitud no es algo que podamos manejar gustosamente a nuestra antojo; si fuese así nadie se deprimiría, y todo el mundo elegiría la opción que menos daño le produjese.

En términos generales, e independientemente de las muchas posibilidades que se puedan dar, lo más común es que haya personas tendentes a mostrar una actitud positiva ante determinadas desgracias, y otras que muestren todo lo contrario.

Evidentemente, esa manera de actuar se refleja en el duelo por un hijo. Por consiguiente, los padres que tengan una buena capacidad para resolver conflictos y hayan vivido con una actitud positiva, lo tendrán más fácil que los que no lo han hecho así; porque estos, en su paso por la vida habrán ido adquiriendo actitudes negativas que les van a incidir verdaderamente en su problema.

Si nos preguntamos ¿Por qué me ha tenido que pasar esto? ¿Qué voy a hacer yo ahora?… entramos en una dinámica debilitante que genera sentimientos de autocompasión, desesperación y depresión. Por el contrario, si en lugar de esas cuestiones nos planteamos otras más gratificantes, nuestros sentimientos serán muy diferentes. En nuestro caso, al ser inevitable hacernos todo tipo de planteamientos, lo más conveniente es tener siempre una buena respuesta, que nos pueda sacar de la aflicción.

        No obstante, y a pesar de toda la negatividad que podamos plantearnos, estoy convencida que la muerte de un hijo nos puede abrir un amplio abanico de discernimiento con el que muy posiblemente no contábamos antes del suceso. Además, por tratarse de un el hecho tan tremendo que extraordinariamente  revoluciona nuestros pensamientos y emociones, se da la paradoja  de que podríamos tener una oportunidad manifiesta para poder trabajarnos y renovarnos. Se que muchos padres podrán pensar que esa oportunidad estaría de más si su hijo estuviese presente, pero la muerte es una realidad que hay que afrontar de la mejor manera.

       Para experimentar un cambio es muy importante  aprender a darnos cuenta de lo que sentimos, y poner nombre a los sentimientos tratando de especificarlos claramente. De esa manera, lograremos comprendernos mejor y nos evitaremos daños innecesarios.

El proceso de pensamiento no es otra cosa que una serie de preguntas que nos planteamos consciente o inconscientemente desde que nos levantamos, las preguntas generan respuestas y las respuestas producen sentimientos.

Decir por ejemplo: “Me siento culpable, víctima” “Siento que he fracasado o que me han traicionado” “Siento envidia, rabia, ira, ganas de destruirlo todo, de que le pase algo malo al que me ha hecho daño”… son sentimientos muy comunes en el duelo que aunque no lo ejecutemos necesitamos definirlos para poder analizarlos. Lo importante es no engañarnos nunca. Pasado el tiempo, y una vez que estemos en disposición de poder hacerlo, habría que ir cambiando esas ideas que dan origen a tanta angustia, y comprobar que muy probablemente nos la ha generado porque nos hemos estado haciendo las  preguntas de manera equivocada. No se trata de obligarnos a sentir de otro modo, sino de estar a gusto con lo que sentimos, y eso sólo se consigue a través de plantearnos un buen propósito que nos convenza.

      También para experimentar un cambio es fundamental el análisis y visión de nuestra vida pasada, tratando de conocer y reconocer límites y condicionamientos externos que hayan podido influir en nosotros. Pero esta observación ha de llevarse a cabo sin críticas, sin sentimientos de culpabilidad hacia nosotros mismos o hacia los demás, sólo observando como han surgido o surgen los comportamientos por muy absurdos, negativos o dantescos que nos parezcan, y dándole al dolor lo que es capaz de soportar y a la mente lo que es capaz discernir.

      En definitiva, dos actividades básicas para encontrar un equilibrio durante el duelo pueden ser muy bien la de ir sanando nuestra herida profunda mediante el análisis de nuestro sufrimiento por un lado, y la de tratar de restaurar nuestra personalidad dañada mediante el análisis de nuestra expresión vital por otro.   Si lo hacemos así, con toda seguridad nos daremos cuenta que volveremos a reencontrarnos de nuevo, e incluso muy probablemente más evolucionados de lo que estábamos antes del suceso.

Hay algo peor que perder un hijo – Gustavo y Alicia Berti

Para muchos padres la muerte de un hijo es el camino que conduce a su destrucción.”

      “¿Debemos utilizar el tiempo para elaborar emociones y sentimientos y quedarnos en la persona psicológica, o debemos prestar más atención  a la indescriptible capacidad del hombre para oponerse y enfrentarse a esos sentimientos y emociones y acceder así a la persona espiritual?

      ¿Perdemos un hijo y nos vamos a conformar con que nos consuelen para que se nos vaya ese dolor o vamos a empezar a recorrer el verdadero camino de humanización?

      Podemos poner en actividad las potencias dormidas.”

      “Podemos rescatar el recuerdo de nuestros hijos con amor y no con dolor. ¡Qué hermoso poder recordar a nuestros hijos con amor y no con dolor!”

El texto completo en nuestra página Renacer en Internet.

Año. X, Nro. 110, junio de 2009

Hasta pronto Ana María

 

Ana María Ciraudo del grupo Los Robles de Buenos Aires, partió a reunirse con su hijo. La despiden sus compañeros de grupo que la recordaran para siempre.

10 Aniversario de Renacer Carlos Paz

“Cumplimos 10 años”

Grupo Renacer (padres que perdieron hijos por fallecimiento).

Hoy 24 de abril del 2009 se cumplen 10 años que estamos en Villa Carlos Paz.

Trabajamos desde el inicio con el convencimiento que el sufrimiento no es una enfermedad, pero si nos quedamos inertes en ese dolor, podemos ser atrapados por cualquiera de esas.

Les contaré mi experiencia.

El primer impacto fue una terrible impotencia mezclada con mucho odio hacía mi persona. ¡Cómo! Yo, su madre! ¿No pude hacer nada?

¡Cuando más me necesitó! Retumbaba en mi cabeza ¡Mamá! ¡Mamá! que pensaba debió gritar cuando su cuerpo caía desde 22 metros de altura.

Me llamó tantas veces, ése ¡Mamá! Que permanecía en mí, perforándome como una daga al corazón.

En algún momento recordé cuando mi hijo, después de un accidente de moto, en el que quedó en coma tres interminables días, despertó y me dijo:

“Mamá te voy a contar algo, pero no se lo digas a nadie, van a creer que quedé mal, por el golpe en la cabeza.” Quise decirle: “Cuántas veces te dije ¡Germán ponete el casco. Y me respondías: Voy acá nomás.” Pero callé, mientras él seguía hablando: “Quiero que sepas que vi a Dios. Me morí mamá. Llegué al cielo. Dios me abrazó. Sentí una paz indescriptible. Quería quedarme allí, pero con una dulce sonrisa y apoyando su mano sobre mi pecho me empujaba suavemente hacia la tierra. Y desperté. Te vi acostada junto a mí. Luego supe que durante todo ese tiempo no volviste a casa, no te moviste de mi lado. No puedo entender como no pensé en vos, en papá en mis hermanos; solo quería quedarme en ese lugar maravilloso.”

Pensé Dios mío, mi hijo no está bien. Luego en Renacer leí los libros de Víctor Suero.

Recordar ése momento logró que me levantara sobre mi dolor, logré saltar la barrera de mis sentimientos y prometer que su muerte no sería en vano, serviría para algo.

Ese algo era Renacer. Fui a Córdoba con abrazos de osos, como decimos. Me recibieron seres maravillosos todo entrega y amor y la responsabilidad de ayudar a los nuevos y desesperados como yo.

Es un encuentro generoso con el otro, concretando así los valores de actitud para una vida plena, libre y responsable, dispuestos a nutrirla protegiéndola, transcendiendo el sufrimiento.

Renacer es el lugar donde vamos a dar algo de nosotros en homenaje a nuestros hijos. Dar para recibir.

Entendemos que podemos ir por la vida superándonos cada día, tomados de la mano diciendo: ¡Sí a la vida! A pesar de todo. Y si elevamos la vista, vemos la carita de nuestros hijos con una enorme sonrisa, diciéndonos: ¡Papá! , ¡Mamá! Estamos orgullosos de ustedes.

María Cristina Yácono de Ricart.

« Artículos anteriores Entradas siguientes » Entradas siguientes »